El novelista y Satanás
El novelista y Satanás
Releí lo escrito y a la boca se me vino un golpe de asco. La trama de mi novela no valía el trozo de árbol usado en fabricar el papel que ocupaba. Los personajes secundarios carecían de encanto y el protagonista andaba justito de fuerzas. No veía futuro más allá de las próximas cinco líneas. Total, un muermo. Miré el reloj. Eran las tres en punto de la madrugada. Alguien me había contado que a esa hora se manifestaba el diablo para burlarse de la Santa Trinidad. ¡Qué chorrada! –pensé.
Y pensar no era lo mío, sin embargo, si era proclive a dejarme atrapar por señales de todo tipo. Un estúpido recuerdo acababa de unir a Satanás y a mi novela en la misma habitación, ¿para qué quería más? Me consideré afortunado. Un personaje de esa calaña podría revitalizar cualquier historia. La maldad, la ira, la violencia, el terror y la mentira emanaban a raudales de su figura pestilente. Pero… ¿qué me pediría a cambio?
No podía ofrecerle mi alma. En novelas anteriores se la había vendido a los Rolling Stones, al güisqui de malta y a media docena de causas perdidas. Y estafar al ESTAFADOR quedaba lejos de mi ánimo de ratón cobarde. Además, Belcebú no se conformaría con ser un coprotagonista de lujo; era el rey de la “posesión”. La historia se impregnaría de su hedor desde el título al punto final.
Repasé el último renglón escrito en el ordenador con aprensión de escritor mediocre. De pronto, me descubrí marcando 666 en el móvil.
"¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia: pues es la cifra de un nombre…"
Apocalipsis, 13:18.
¿666? Sonreí. No me extrañó que la línea estuviese ocupada, había tanto loco suelto… Seguro que otros, antes que yo, habían pactado un trapicheo. Dante, el autor del exorcista, Mick Jagger, Stephen King, diseñadores de videojuegos, promotores de iglesias invertidas, todos se habían beneficiado del inmenso valor estético del innombrable más nombrado. Bastaba con leer la Biblia.
Otro intento. En la oscuridad, probé a invocar en voz alta los nombres del ángel caído: Lucifer, Belial, Samael, Damián, Jaldabaot... Una fuerza invisible estrujó mi estómago hasta hacer zumo de pizza. Ese pánico significaba algo, había llamado su atención. "El opositor", "el portador de la luz", estaba a la escucha. Sostenido por la bebida, le susurré mi propuesta. Sólo a un autor sin talento y borracho se le habría ocurrido retar al Diablo.
Despliega tus poderes, confunde, atormenta, emponzoña cada giro de la trama, le dije. Pero… ¿serás capaz de hacerlo sin dejarte ver, sin pronunciar una sola palabra? El miedo, cuando es irracional y mudo, se convierte más fácilmente en terror –añadí-. La cabeza cornicaprina asintió.

Desde hace años, agotáis edición tras edición de mi obra. Os aconsejo quemarla sin abrir, aunque sé que no me haréis caso. Él cumplió. Ni un solo sonido de su boca ni una sola referencia a su identidad se plasmaron en tinta. Guiando mi mano, se limitó a derramar en cada página sus atributos. Juntos corrompimos a los personajes hasta el vómito y, a través de ellos, a los lectores. Disfrazamos cada buena acción de fechoría y llenamos cada fechoría de angelical intención. En fin, supimos llevar el caos a su cenit abrasando los pilares que sustentan el orden. Injusticia y sangre por una buena causa, ése era el secreto.
¿El precio? Prohibitivo. Ahora soy su esclavo mudo. Escribo cada desastre que va a ocurrir en el mundo y, a continuación, veo pasar la muerte bajo la punta de mi pluma. En mi lápida, un epitafio: “Buscó inspiración, encontró un abismo”.
Javier de Pilar
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